
Se casa una amiga muy querida. Ella es italiana y ha decidido unir su vida a un español de pelo largo y voz grave. Mi amiga nos tiene a todos revolucionados. Que si el clima, que si la iglesia, el horario, los asistentes, quiere que todo esté en definitiva: perfecto.
Hay quien la mira y no comprende el porqué de tanto alboroto, de tanta atención al detalle. Considera que una ceremonia de ese tipo es una cursilería burguesa sin más allá ni más acá. Confieso que este mundo de las bodas no me apasiona o apasionaba demasiado. Pero es que mi amiga con su energía es capaz de entusiasmar al más apático de los mortales.
El caso es que llegas a entender tanta ilusión, tanto esfuerzo. Ya las cosas no son como antes cuando la doncella virgen era entregada por sus padres al mancebo más apropiado. Ahora es la entrega mutua de una pareja que muchas veces ha convivido e incluso tiene hijos en común. Es la confirmación de un amor probado y establecido. Una confianza otorgada y protegida. La decisión de seguir adelante juntos, escrita en un papel.
Con esto no digo que sea necesario el casarse. Cada quien se promete lo que puede y como puede. Pero comprendo un poco más que antes y tengo preparados vestido y zapatos como la más orgullosa invitada. Deseándoles sólo que sigan como hasta ahora, que no cambien.
A veces miras al mundo por la rendija de la puerta y te das cuenta de que no siempre las cosas son tristes, feas o complicadas. En ocasiones y aunque suene cursi, el amor te salva.